Brainrot: ¿Un meme o una preocupación cognitiva real?
El brainrot ha pasado rápidamente de ser un término propio de internet a formar parte de un debate más amplio sobre el bienestar digital. Popular entre la Generación Alpha y la Generación Z, este concepto refleja la creciente preocupación por el impacto que el consumo incesante de contenido de formato corto, el desplazamiento infinito en redes sociales y la sobreexposición digital pueden tener sobre la capacidad de atención, la memoria y la concentración. Pero ¿es el brainrot una preocupación cognitiva real o simplemente otro meme viral?
Significado y origen del término «brainrot»
En 2025, diversos investigadores señalaron que «brainrot», elegido por Oxford como la Palabra del Año 2024, se ha convertido en un término que resume la creciente sensación de que nuestra mente se embota lentamente debido al consumo constante de contenido digital superficial. Más que una expresión de moda, brainrot refleja el temor de que el desplazamiento infinito entre memes, vídeos y publicaciones en redes sociales esté deteriorando nuestra capacidad para pensar con profundidad, concentrarnos o incluso disfrutar de la vida fuera de las pantallas.
Los efectos van más allá de las horas perdidas frente al móvil. Muchas personas afirman sentir ansiedad cuando se separan de sus dispositivos, inquietud si no están realizando varias tareas al mismo tiempo y una disminución de la motivación para dedicar tiempo a actividades significativas. La atracción constante del mundo digital también puede dificultar el disfrute de la lectura, las conversaciones o esos momentos de calma que antes ayudaban a recuperar el equilibrio.
El término ha ganado aún más popularidad entre la Generación Alpha, que ha enriquecido este fenómeno con expresiones como “Rizz” (tener carisma o capacidad de seducción), “Delulu” (ser delirante o vivir una ilusión), “Skibidi” (una palabra comodín que puede significar prácticamente cualquier cosa) y “6 7” (otra expresión sin un significado concreto, pero muy popular entre los jóvenes).
En TikTok, el hashtag #Brainrot supera los 3 millones de publicaciones, mientras que en Instagram acumula más de 2 millones. Entre las etiquetas relacionadas destacan #brainrotmemes, #aibrainrot y #skibiditoilet.
Generación Alpha y Generación Z: mentes nacidas en la era digital
En 2026 resulta casi imposible no encontrarse con niños y adolescentes de entre 0 y 16 años que utilicen expresiones propias del lenguaje del brainrot. El fenómeno se ha intensificado hasta convertirse en un auténtico negocio, con juguetes, videojuegos y actividades de ocio dirigidos a este público y diseñados con la estética brainrot: humor absurdo, contenido sin sentido y, en muchos casos, generado por inteligencia artificial, conocido en internet como “AI slop”. De este modo, el brainrot ha trascendido el entorno digital para instalarse también en el mundo físico.
El Pew Research Center señala que las reacciones emocionales de los adolescentes al separarse de sus teléfonos son contradictorias. Según sus encuestas, el 74% afirma sentirse feliz cuando no tiene el móvil consigo y el 72% experimenta una sensación de tranquilidad. Sin embargo, la desconexión también provoca emociones negativas: el 44% reconoce sentir ansiedad, el 40% se siente molesto y el 39% experimenta soledad en algún momento. El informe añade que los adolescentes pasan una media de 3,6 horas diarias utilizando el smartphone, sin contar el tiempo dedicado a actividades escolares. Estos datos reflejan la compleja relación que mantienen con sus dispositivos, alternando momentos de alivio con una evidente dependencia emocional.
Entre los adultos jóvenes las cifras son similares. En 2025, DataReportal estimó que las personas de entre 16 y 34 años pasaban una media de 7 horas diarias frente a una pantalla. Entre quienes tienen 16 y 24 años, el 62,1% utiliza sus dispositivos para comunicarse con amigos y familiares, el 61,1% para buscar información y el 59,3% para ver vídeos y series. En el grupo de 25 a 34 años, el 58% los emplea para mantenerse en contacto con sus seres queridos, el 58,5% para informarse y el 56,2% para consumir contenido audiovisual.
En cuanto al tiempo total de uso, YouTube ocupa el primer lugar, seguido de TikTok, mientras que Instagram se sitúa en quinta posición, por detrás de WhatsApp. Esto demuestra que, aunque la Generación Z no participa de forma tan activa como la Generación Alpha en la creación y difusión del universo brainrot mediante memes o nuevas expresiones, sigue estando plenamente expuesta a una realidad marcada por la hiperconectividad digital.

Las consecuencias del brainrot
Las redes sociales ocupan hoy un lugar central en cualquier conversación sobre el brainrot, especialmente entre los jóvenes. Investigaciones publicadas en la revista científica Brain Sciences señalan que navegar por plataformas como Facebook, Instagram o TikTok no consiste únicamente en pasar el tiempo. Se trata de experiencias cuidadosamente diseñadas para captar y mantener nuestra atención durante el mayor tiempo posible.
Este poder de atracción se basa en un circuito de recompensa impulsado por la dopamina. Cada “me gusta”, notificación o vídeo breve genera una pequeña sensación de satisfacción que nos anima a seguir deslizando la pantalla. Lo que comienza como una consulta rápida puede convertirse fácilmente en una sesión de una hora, haciendo que desconectar resulte cada vez más difícil.
En los más jóvenes, este patrón de comportamiento puede derivar en una dependencia del entorno digital, especialmente cuando la necesidad de permanecer conectados hace que alejarse del teléfono genere incomodidad o ansiedad. A ello se suma el impacto emocional de vivir gran parte de la vida online. La exposición constante a vidas cuidadosamente seleccionadas y a tendencias virales puede alimentar sentimientos de exclusión, ansiedad y la sensación persistente de no estar nunca a la altura.

Incluso han surgido nuevos términos para describir estos hábitos. El zombie scrolling hace referencia al estado casi automático en el que seguimos deslizando la pantalla sin prestar verdadera atención a lo que vemos. El doomscrolling, por su parte, describe la necesidad compulsiva de consumir noticias negativas o contenidos angustiosos, aun cuando nos hacen sentir peor. Ambos comportamientos alimentan una creciente sensación de insatisfacción e inquietud, impulsada por un flujo inagotable de información, publicidad y comparación social.
Muchos jóvenes identifican este fenómeno como social media brainrot. Son conscientes de la presión constante que ejercen las redes sociales para estar siempre al día, proyectar una imagen perfecta y no perderse ninguna tendencia. Esta sobreestimulación puede desembocar en fatiga mental: demasiada información que procesar, demasiados referentes con los que compararse y muy poco tiempo para desconectar.
Diversos estudios han demostrado que una exposición prolongada a los entornos digitales se asocia con dificultades para mantener la concentración, recordar información e incluso tomar decisiones. Bombardeado por notificaciones y actualizaciones constantes, el cerebro encuentra cada vez más difícil dedicar toda su atención a una única tarea o reflexionar con profundidad. En su lugar, salta continuamente de una aplicación a otra, de una conversación a la siguiente.
El riesgo va más allá de la simple distracción. Con el tiempo, esta sobrecarga digital puede afectar algunas de nuestras capacidades cognitivas más importantes, como la memoria, la atención sostenida, la flexibilidad mental y la resolución de problemas. Cuando recurrimos al teléfono para obtener cada respuesta, ejercitamos menos nuestra capacidad de pensar de forma crítica y afrontar nuevos desafíos. En definitiva, las mismas herramientas que prometen mantenernos conectados e informados pueden terminar dejándonos dispersos, agotados mentalmente y con una menor capacidad para concentrarnos.
Brainrot: Adicción o adaptación?
Hoy en día, los expertos también investigan si realmente estamos perdiendo la capacidad de concentrarnos o si, por el contrario, nuestro cerebro simplemente se está adaptando a un nuevo entorno digital. Algunos estudios han demostrado, por ejemplo, que la reducción de la atención no se debe tanto a los medios digitales en sí, sino al cambio constante entre actividades realizadas en el mundo físico y en las pantallas.
¿Por qué, en ocasiones, leer en una pantalla puede resultar tan eficaz como hacerlo en papel? Una de las principales razones es que la diferencia entre ambos formatos se ha reducido considerablemente. Las tabletas, los libros electrónicos e incluso los teléfonos móviles incorporan hoy funciones diseñadas para facilitar la lectura, como el ajuste del tamaño de la letra, el modo nocturno o las opciones que eliminan distracciones. Gracias a estas mejoras, leer un artículo extenso en una tableta puede ofrecer una experiencia muy similar a la de un libro impreso.
Además, cuanto más tiempo dedicamos a la lectura digital, más nos acostumbramos a ella. Nuestro cerebro aprende a desenvolverse en este entorno, de modo que muchas de las limitaciones que antes se atribuían a las pantallas son hoy mucho menos evidentes. En definitiva, la clave no está tanto en el dispositivo que utilizamos como en la forma en que lo empleamos y en los hábitos de lectura que desarrollamos.
“Using social media is not inherently beneficial or harmful to young people. Adolescents’ lives online both reflect and impact their offline lives. In most cases, the effects of social media are dependent on adolescents’ own personal and psychological characteristics and social circumstances.”
— American Psychological Association

En una entrevista con National Geographic, el psicólogo Daniel Willingham, de la Universidad de Virginia, explicó que responder a la pregunta «¿está disminuyendo nuestra capacidad de atención?» es mucho más complejo de lo que parece. Según el experto, no existe una respuesta sencilla ni se trata de un proceso que podamos controlar por completo.
«La mente quiere explorar cosas diferentes y mantenerse al tanto de lo que ocurre a su alrededor. En cierto modo, mantener la atención sobre una misma tarea durante largos periodos de tiempo no es necesariamente un estado natural», afirma Willingham. «A todo el mundo le cuesta mantener la atención».
Sin embargo, al igual que ocurre con un músculo que se fortalece mediante el entrenamiento, la capacidad de concentración puede desarrollarse con la práctica. Con paciencia y constancia, entrenar la mente para mantener el foco resulta cada vez más fácil, hasta que concentrarse vuelve a convertirse en un hábito natural, incluso en un mundo lleno de distracciones.
Cómo recuperar la capacidad de concentración
Si quieres mejorar tu capacidad de concentración, los expertos recomiendan algunas estrategias sencillas pero eficaces para aliviar la sobrecarga mental. Una de las más importantes consiste en reservar cada día un tiempo completamente libre de teléfono móvil. Un estudio reveló que pasar tan solo una hora al día sin el dispositivo, dejándolo en otra habitación en lugar de simplemente silenciarlo, puede reducir el estrés mental y mejorar la capacidad de atención.
Otra técnica ampliamente recomendada es el método Pomodoro: trabajar durante 25 minutos seguidos y descansar 5 minutos antes de retomar la tarea. Este ritmo se adapta al funcionamiento natural del cerebro y diversas investigaciones han demostrado que ayuda a trabajar con mayor eficacia y a cometer menos errores.
El entorno de trabajo también desempeña un papel fundamental. Cerrar las pestañas innecesarias del navegador, utilizar el modo de pantalla completa y crear un espacio libre de distracciones envía al cerebro una señal clara de que es momento de concentrarse. Del mismo modo, agrupar la revisión del correo electrónico o de los mensajes en momentos concretos del día evita interrupciones constantes.
Tampoco conviene subestimar el poder de unos minutos de calma. Practicar 12 minutos diarios de meditación mindfulness puede mejorar de forma significativa la atención, ayudando a reconocer cuándo la mente se dispersa y a dirigirla nuevamente hacia la tarea que estamos realizando.
El brainrot pudo comenzar como un meme de internet, pero plantea preguntas relevantes sobre la manera en que la tecnología está transformando nuestra forma de pensar y de prestar atención. Aunque la investigación demuestra que el cerebro posee una notable capacidad de adaptación, también indica que la exposición continua a las distracciones digitales dificulta mantener una atención sostenida. En una época dominada por la economía de la atención, proteger nuestra capacidad para concentrarnos puede convertirse en uno de los mayores lujos del siglo XXI.
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© Chad Madden vía Unsplash
